Archivo | enero, 2012

Nuestra Directora: La generación K

23 ene

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo del lunes 23 de enero, Yolanda Reyes escribió:

“Esos momentos, captúrelos con Kodak”, se me vino a la cabeza la vieja propaganda al leer que la empresa se declaraba en quiebra, y pensé que toda una forma de “capturar” la vida se había roto. En realidad, hace mucho se está resquebrajado, según lo anuncian las señales: la quiebra de las enciclopedias por cuotas y de tantas librerías, la del correo y las estampillas, la de los álbumes de fotos y los revelados de una hora, la de Grecia, Portugal y el mundo financiero… Pero no deja de tener su simbolismo la noticia.

Así como mis hijos fueron rotulados como “generación X” o “Y”, la mía y también la de mis padres y sus padres se escribió con K de Kodak. ¿Acaso quién no recibió la responsabilidad de una Kodak como regalo iniciático en fechas memorables? ¿O quién pudo escapar de la frustración de velar el rollo, con 36 fotos de un viaje, por abrir su cámara a destiempo? Aún puedo evocar la Kodak Instamatic con la que mi mamá capturó nuestra niñez y mi álbum de familia refleja el cambio de bebés en blanco y negro a niños Kodachrome, esa palabra  que Paul Simon convirtió en canción. Y de repente, todo parece tan anacrónico como esos negativos en los que parecíamos monstruos de enormes labios blancos.

Hace tiempos dejé de hacer álbumes de fotos. Mi hija mayor alcanza a tener registro casi hasta su adolescencia, en tanto que el menor apenas puede recapitular su historia “de corrido” hasta salir con su sonrisa mueca de 6 años. Esos álbumes que mostraban, con el pasar de páginas, el paso de la vida también son parte de un mundo en vías de extinción. Si la fotografía, como dice Susan Sontag, es “el inventario de la mortalidad”, y nos hace seguir “del modo más íntimo y perturbador la realidad del envejecimiento de las personas”, quizás no sea una mala noticia que ahora las fotos no se recojan en la forzosa cronología de un álbum, sino que se exhiban en la sincronía de las redes sociales, para quedar luego archivadas en formatos que se desactualizan a la velocidad con la que se vuelve obsoleto el celular. Tal vez es más sencillo vivir así, sin ese hilo que amarra el antes y el después y que se ha quebrado: como Kodak.

Supongo que me estoy volviendo vieja porque me llama la atención la forma como los padres capturan cada instante de sus hijos, desde el momento de nacer o incluso desde antes. A veces los veo tan absortos con sus celulares y sus cámaras, que me parece que se pierden la emoción irrepetible del instante. Ese estar ahí, viviendo simplemente, ha dado paso a la obsesión por mirar, no con los ojos, ni mucho menos a los ojos, sino a través de lentes fotográficos. ¿A dónde irán a parar las mil y una imágenes que guardan las memorias de sus cámaras? ¿En qué nubes quedarán almacenadas para verlas cuando, de esos niños, solo queden sus caritas pixeladas?

Sontag decía que las fotos son “una evaluación del mundo”. Pero eso era antes, cuando había que elegir lo que merecía fotografiarse, porque revelar –reveladora esa palabra– tenía un costo y un tiempo largo de expectativa entre el click y el resultado. Ahora, en cambio, sin la presión del costo y liberados del temor a no ser fotogénicos, puesto que todo se puede borrar y lo que no, lo arregla photoshop, parece que hubiéramos perdido el recato y la modestia, para quedar sobre expuestos a una cámara.

Tal vez por eso, extraño aquellos viejos tiempos en que la gente solía acercarse a conversar y hacer preguntas al final de una charla o de un encuentro con el autor, en vez de pedirme posar para fotos que nunca vuelvo a ver y que, sospecho, son tan efímeras como el abrazo y la sonrisa que nos unen mientras dura el disparo.  Algo ha cambiado entre la “máquina de retratar” que popularizó Kodak  y estos dispositivos que permiten  borrar y “retractarse”, hasta lograr imágenes perfectas de casi todo… y casi nada.  

Yolanda Reyes

Desde la librería: El mundo de Jutta Bauer

19 ene

Queremos compartir con ustedes esta excelente entrevista a la ilustradora y autora alemana Jutta Bauer, publicada en el diario argentino La Nación. Los invitamos a que visiten la librería para que conozcan algunos de sus libros:

 

¡Ya estamos abiertos! Pueden visitarnos de lunes a viernes de
9:00 am a 6:00 pm y sábados de 10:00 am a 6:00 pm

El mundo de Jutta Bauer

En su juventud, la alemana Jutta Bauer dibujaba los panfletos y carteles políticos con los que salía a la calle a protestar por la situación política en Hamburgo; años después, otros dibujos suyos, no muy distintos de aquellos que pregonaban la revolución, aparecen en hermosas historias de amistad, soledad y tristeza que niños y adultos de todo el mundo leen y disfrutan con idéntico asombro. Célebre por los libros La reina de los colores, Selma y El ángel del abuelo, entre muchos otros, Bauer es considerada hoy la principal referente en la literatura progresista infantil, y en cada trazo personal parece cultivar la libertad que antes reclamaba en pancartas y banderas. “Siento que un dibujo me sale bien cuando une el sentido de la historia con todo lo que pienso”, dice, con el tipo de sonrisa que en realidad podría esperarse de su público. Luminosa, alegre y muy humilde, la creadora de la reina Malwida cree que no hay tema vedado para la literatura infantil y defiende una perspectiva no pedagógica a la hora de contarle una historia a un chico de 6 a 8 años. La última edición de la Feria Internacional de Literatura (FIL) de Guadalajara la recibió como una de sus invitadas especialísimas, y ella no defraudó: ofreció talleres para niños y adultos, dictó una conferencia magistral y recordó, como en esta entrevista, que la razón profunda de su trabajo es romper la actitud individualista que comienza a invadir a la niñez de todo el mundo.

“Yo no le daría una novela de Peter Stamm a un niño, pero él mismo ha escrito cosas para chicos que no están muy distantes de sus novelas. Y cuando me toca ilustrar esas historias de Peter, lo que hago es buscar la mejor manera de expresar el espíritu de ese texto para mi, digamos, ‘niño interior’. Creo que ésa es la mejor forma de darles una buena historia”, explica ante el público mexicano, cuando le preguntan qué no se le puede contar a un chico. La cuestión de los límites morales es un tema sobre el que ha edificado buena parte de su carrera. Historias de nazis, relatos de muerte y personajes desesperados pueblan sus obras, distinguidas con el prestigioso premio Hans Christian Andersen. Bauer no se pregunta qué contarles a los chicos, sino cómo hacer para no ocultarle nada a su público. Ella no lo dice, pero ahí podría radicar el secreto de su impactante aporte al mundo de la literatura infantil.

-¿Qué clase de niña eras?

-De las malas estudiantes. Nunca aprendí matemática ni nada relacionado con el cálculo. Apenas si podía dibujar y aprender idiomas. Por eso ya he perdido la esperanza de que mi hijo vuelva a casa con buenas calificaciones.

-¿Cómo se hace para trabajar con y para niños sin subestimar su inteligencia?

-Bueno, no hay ninguna razón que me lleve a creer que de alguna manera soy superior a un niño. Además, en el arte los niños son mucho más interesantes que los adultos. Ya lo dijo Picasso:?”Todos los niños nacen artistas; el problema es cómo seguir siendo artistas al crecer”. Estoy totalmente de acuerdo con eso.

-¿Cómo hiciste para crecer y, al mismo tiempo, “seguir siendo artista”, según la idea de Picasso?

-Es difícil saber si lo logré. Pero más importante que mi condición me parece conservar y plasmar la mirada y las ideas infantiles en mi trabajo. Es fundamental no perder ese equilibrio entre el asombro, el juego y el desprejuicio que representa el día a día de un niño.

-¿Ése es tu principal objetivo cuando te sientas a trabajar?

-Si entendemos por “mirada infantil” la combinación entre juego y curiosidad, sí. Intento que ésa sea mi principal pauta de trabajo.

-¿Cuál es el límite en la literatura infantil? ¿Hay algo que no se les deba contar a los niños?

-No estoy segura de que haya temas que no se puedan tocar; creo que, en todo caso, algunos en particular se deben tratar con cierto cuidado. Pienso en cuestiones de violencia, por ejemplo. Pero ¿de qué sirve evitar ese tema en un libro infantil, si luego esos mismos niños van a ver violencia en la calle, en Internet, en la televisión o en las historias que cuentan sus familiares? No se trata de no tocar un tema, sino de encontrar la mejor manera de abordarlo. Es importante no excluir el asunto. Ahí es cuando se debe ser más creativo y responsable.

-¿Qué aprendiste de los niños?

-¡Mucho! Y debo confesar que a veces su libertad me da cierta envidia. Una buena lección que me han dado es la de dibujar sin miedo. Eso es muy importante para cualquier ilustrador. Otra enseñanza es la sencillez, la humildad. Porque cuando dominas la técnica y te conviertes en un virtuoso, puedes caer en el error de creer que ya lo sabes todo. Pero un virtuoso verdadero no es quien puede hacer lo más difícil, sino el que es capaz de ser cada día más sencillo. Y me refiero a todos los aspectos, a los estéticos pero también a los personales. A mí me gustaría pintar como lo hace un niño.

-¿Todo lo que has aprendido durante tu carrera te sirve sólo si consigues dibujar como un niño?

-Ajá. Dibujar un animal con trazos sencillos y claros es complicadísimo, y a los niños les sale bastante fácilmente. A nosotros, los profesionales del dibujo, nos cuesta mucho más. Podemos hacerlo de una manera compleja, que hasta puede asombrarnos por los detalles que somos capaces de aportar. Pero lo que de veras vale la pena es intentar la sencillez. Ése sí es un reto.

-Justo eso quería preguntarte: el trazo de tus dibujos siempre parece muy simple, casi podría decirse que es minimalista. ¿Crees que por eso los niños se identifican con las historias de tus libros?

-Es difícil contestar por los niños, y la verdad es que nunca les he preguntado algo semejante. Pienso en trabajar con sencillez por varias razones: porque me parece que es lo más cercano a los niños, porque me gusta, y también porque supone un auténtico desafío. Recuerdo otra frase de Picasso: “En aprender a pintar como los artistas del Renacimiento tardé unos años; en pintar como los niños, toda la vida”. Es así realmente, el arte siempre radica en la sencillez, creo.

-Ilustraste textos de Brecht, Calvino y Tolstoi, entre otros. ¿Qué te resultó más difícil? ¿Trabajar con esas obras o con las infantiles?

-Suelo trabajar con textos que me gustan, así que no mido mi relación con ellos según la dificultad que generan. Todos pueden ser difíciles y fáciles a la vez, eso depende de muchísimas circunstancias que no siempre tienen que ver con el texto en sí mismo.

-¿Por ejemplo?

-No sé, cosas personales… Yo dudo mucho de que sea genial trabajar únicamente con libros. Si uno se rodea sólo de libros, pierde el contacto con el mundo real. Yo no creo en la idea del artista en la torre de marfil, al menos a mí no me sirve, siento que en ese caso me quedaría sin historias para contar. Por más genial que sea el texto con el que trabajo, no deja de ser letra escrita. Y a veces hay que buscar las historias en otros lugares.

-¿Por esa sensación comenzaste a ilustrar tus propias historias?

-Es posible. Es cierto que últimamente me resulta más fácil trabajar con lo que escribo yo. De hecho, ahora creo que antes ilustraba textos de otros porque no me consideraba capaz de contar una historia mía. Es una etapa de ciertas dudas que creo haber superado. Lo que busco en un texto para ilustrar, mío o de otro, es que tenga distintos niveles de lectura. De esa manera, yo puedo ver cuál de esos niveles quiero ilustrar y no me veo condenada a trabajar sólo en la superficie.

-¿Cuándo descubriste que los niños iban a ser tu público?

-[Piensa.] No estoy muy segura de haberlo descubierto alguna vez. No es una decisión, porque los libros para adultos no llevan ilustraciones, y si quieres trabajar en esto, debes orientar tus dibujos al público infantil. Pero en el fondo creo que la respuesta a esa pregunta es que yo siempre dibujé lo que quería, en mi trazo digo lo que pienso, son opiniones muy libres. Y no sé por qué me parece que los niños son quienes mejor comprenden esa libertad. Son el público más abierto que hay. De todas maneras, mis libros no son sólo para niños…

-Así es. Tienen muchos niveles de lectura.

-Eso espero.

-Es así, claro. Y uno se pregunta cuál es el secreto para hablarles a los adultos y a los niños en un mismo libro y captar la atención de ambos.

-Es un secreto para todos, especialmente para mí. No conozco la respuesta a esa pregunta. Tengo claro que no hay una receta ni un manual. No existen las fórmulas. Me encantaría conocerla, eso sí. Uno está a merced de ese secreto.

-Los niños soprenden todo el tiempo, dicen cosas que nadie esperaría que dijeran porque los adultos no pensamos como ellos. Y en tus libros también hay elementos completamente inesperados, como que se haga referencia al nazismo en una historia infantil. ¿No será ese atrevimiento parte del secreto que te permite entretener a adultos y niños por igual?

-¡Ah! No pensar de manera recta y lineal, que el pensamiento tome curvas… Sí, eso es algo muy importante para mí. Pensar en curvas, como dentro de un laberinto. No sé si será el secreto del que hablas, pero es algo que me interesa mucho.

-¿Qué piensas del impacto de la cultura digital en los niños? ¿Crees que dejan de leer libros como los tuyos para estar conectados a la computadora?

-No, no creo que dejen de leer. Las estadísticas también dicen que nunca se han vendido tantos libros infantiles como en estos años. Una cosa refuerza la otra. No hay que tener miedo de las nuevas tecnologías. La plataforma electrónica es un medio como cualquier otro, y nosotros tenemos la responsabilidad de dotarlo de un contenido que sea interesante para todos. El problema no es el medio, sino lo que hacemos con él. Y si los buenos artistas se niegan a participar en Internet, les dejas el terreno a los que no son tan buenos.

-¿Cuánto de pedagogía hay en tus libros? ¿Tienen la intención de enseñar?

-Sólo un poquito. Escribo e ilustro mis libros como si los hiciera para mí. Mi principal intención es contar una historia, no enseñar. Lo que explico a través de un personaje o una situación me lo explico a mí. ¡Y me sorprende que a otros también les interese! Nunca diría “Ahora voy a hacer un libro sobre un niño que tiene problemas por el divorcio de sus papás”. No, yo no trabajo así. Me cuento una historia que me gustaría leer, y siempre acerca de un asunto que conozco. Mis historias no surgen de la nada. Y cuando un editor me pide ilustrar un libro acerca de algo que no conozco, tengo que rechazar la propuesta.

-¿En la literatura para niños hay que ofrecer más preguntas que respuestas?

-Me parece que en cualquier aspecto de la vida, y en la literatura también, aquellos que creen poder dar grandes respuestas están equivocados. Lo más interesante es provocar preguntas interesantes.

Para continuar la entrevista, haga click aquí

Nuestra Directora: El primer día de la creación

10 ene

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo del lunes 9 de enero, Yolanda Reyes escribió:

Bogotá Humana Ya, el lema del nuevo alcalde, funciona bien como eslogan, sobre todo en enero cuando volvemos a casa después de comer doce uvas y hacer los mismos viejos propósitos. ¿Qué significa ese “Ya” mayúsculo y cuándo es su fecha de inicio? ¿Podrá devolvérsele a Petro con la fuerza inversa del “Bogotá Positiva” que soñó el gobierno anterior?

El discurso de posesión de Petro me reafirmó la impresión de que él disfruta oyéndose hablar, como si se diera cuerda a sí mismo. El problema es que ahora afronta un cambio extremo de rol. Ya no es candidato eterno sino El Alcalde. Ya no está en el congreso ni le basta con un publíquese y cúmplase. Tampoco está en la oposición para hacer veeduría a proyectos ajenos. Ahora él es objeto de veeduría ciudadana y todo lo que proponga deberá traducirse en acciones concretas y paulatinas que involucran la idea de proceso y que es imposible ver YA.

Ya lo veremos mañana, cuando casi todos los carros, motos, buses y busetas hagan intransitables nuestras mismas viejas calles. Quizás no nos baste con recordar el falso dilema que planteó en su posesión: ¿qué es primero, el cemento por donde pasan los carros o el cerebro humano? ¿Será necesario elegir, como sugirió, entre la capacidad de moverse y la de pensar? ¿Encajará, dentro de la lógica inherente a su nuevo cargo, poner a escoger a los ciudadanos que viajan más de dos horas en cada trayecto al trabajo, si es más importante “dar leche y libros” y atención integral a la infancia o resolver los problemas de movilidad que le impiden a Bogotá ser una ciudad humana?

Resulta inevitable leer entre las líneas de su discurso un mesianismo que recuerda al Petro candidato, cuando pontificaba sin conocimiento específico sobre revolución educativa, infancia o rutas de metro. “Romperé la brecha educativa en la primera infancia, estimulando la educación preescolar para la población de bajos ingresos, ampliando cobertura de guarderías y jardines para estratos 1,2 y 3 y combinando el trabajo de madres comunitarias con el de profesionales en la estimulación temprana y el desarrollo de habilidades cognitivas en matemáticas, lenguaje y bilingüismo”, propuso, con total desconocimiento del proceso que venía liderando Bogotá y que ha inspirado también al gobierno nacional para dejar de delegar la primera infancia en madres comunitarias y crear lineamientos curriculares centrados en el juego, el arte, la literatura y el desarrollo infantil, en vez del bilingüismo o de las competencias escolares precoces.

“Introduciré las guías educativas y el Libro del Saber para cada uno de los once grados educativos elaborados por docentes especializados en las áreas de matemáticas, sociales, idiomas y ciencias naturales en impresión digital y gratuita, eliminando los útiles inútiles a los estratos 1, 2 y 3”, fue otra propuesta de campaña que en este país no lector nadie leyó. Su argumento descansaba en una premisa demagógica: dado que los editores se lucraban a costa de los más pobres, la solución era hacer libros  “especiales” para estratos 1, 2 y 3. ¿A qué costo? ¿Con autores del tipo Alma Máter? ¿Acaso su idea de equidad educativa es que los niños lean textos según el estrato?

De eso no ha vuelto a hablar, como sucedió con su idea de desmontar el pico y placa, a la que ahora añadió la palabra “gradualmente”. Yo espero que su equipo lo vaya disuadiendo gradualmente de hablar sin saber. Mientras tanto, y como él mismo propuso, tenemos tres meses de cabildo abierto en los que será imprescindible la participación ciudadana, pero no para que millones de ciudadanos decidamos en dónde se construyen nuevos colegios, sino para sopesar qué prometió, qué va a cumplir, cómo y cuándo. El tiempo de las promesas se acabó YA.

Yolanda Reyes

 

Entrevista a Dolores Prades: La crítica solo tiene sentido si es exigente

4 ene

Queremos compartir con ustedes esta entrevista a Dolores Prades, de quien nos declaramos admiradores, publicada recientemente en el número 16 de la revista El Librero. Dolores es editora especializada en literatura infantil y juvenil y coordinadora editorial de la revista Emilia. Pueden leer su columna para Publishnews aquí: “Pequenos grandes leitores”.

Haga click en la imágen para ampliar.

“La crítica solo tiene sentido si es exigente”

El Quinto Festival del Libro Infantil tuvo como invitada a la editora, gestora y consultora brasileña, quien durante años se ha dedicado a reflexionar sobre la industria editorial y la literatura para niños.

Isabel Calderón Reyes

Dolores Prades ha recorrido un camino largo en la edición de libros para niños y jóvenes. Después de varios años como gerente de literatura infantil y juvenil en SM, pasó a formar parte del equipo de la editorial portuguesa Babel, que este año desembarcó en Brasil con la idea de ampliar su catálogo y su público. Además, Prades escribe sobre temas editoriales y sus textos se pueden leer en Internet, en el portal brasileño de noticias PublishNews y en la revista digital Emília, de la cual coordina el área de literatura infantil y juvenil.

Hay indicios de que en los últimos años la edición de libros infantiles y juveniles ha estado fortaleciéndose en los países latinoamericanos: se hacen montones de libros, se venden, y se organizan congresos y festivales en torno a la literatura y la edición para niños y jóvenes. Pero, ¿cómo lo ves tú desde adentro?

–La literatura para niños y jóvenes gana cada vez más espacio y atención en varios países latinoamericanos. Creo que son varios los factores que ayudan a poner en marcha este fenómeno. Primero, los mercados de la infancia, de la juventud y, más recientemente, de la primera infancia se están abriendo con una potencia enorme. Segundo, la necesaria inversión en la formación de lectores en toda América Latina: no solo como una cuestión cultural pero prioritariamente como una condición para acceder a la economía global en condiciones de competencia. Y en tercer lugar están las inversiones de los gobiernos en compras de libros infantiles. Hoy Brasil se destaca, pero no nos olvidemos de lo que fue México. Y sabemos que muchos otros países ensayan y ponen en marcha sus planes nacionales de lectura. La lectura está en evidencia en América Latina, esa es la verdad y se está produciendo muchísimo. Demasiado, diría yo. Creo que estamos viviendo dentro de una burbuja de jabón que en cualquier momento puede explotar. Por eso es importante trabajar por la calidad y no por la cantidad.

En la industria editorial, el mercado es una realidad e impone sus reglas. ¿Cómo establecer un equilibrio entre las reglas del mercado y los criterios de calidad?

–Sin duda, al hablar de edición hablamos de industria editorial. Los editores históricos, los más importantes, que ayudaron a innovar en la edición, que construyeron catálogos de calidad inolvidables, que invirtieron en autores fuera de las convenciones de su época,  nunca lo hicieron fuera del mercado. Lo esencial es no perder de vista la particularidad de la industria editorial, su carácter cultural. No perder de vista también que el responsable por todo el proceso editorial, del original hasta el mercado, es el editor. Que una de las características de un buen editor es que vaya mas allá de su época, que se adelante, que identifique los deseos y las necesidades de su público. La realidad actual conspira contra todo esto y pone en marcha lo contrario.  En el momento en que estos valores se subordinan al mercado, que pasa a dar las coordenadas y someter la edición a su lógica exclusiva, la calidad, la innovación y el lector desaparecen, o dejan de ser la razón de ser del trabajo editorial. El equilibrio solo puede establecerse poniendo otra vez la edición en el centro.

¿Será que el rol del editor es limitar la tendencia de la industria editorial a complacer a tantos consumidores como sea posible?

–Creo que el rol del editor es asegurarse de estar haciendo lo mejor de acuerdo con la línea de su editorial. Para eso, tiene que tener una formación que le dé criterios para seleccionar lo mejor entre las ofertas que se presenten, sean de literatura o libros de conocimiento. Creo que la búsqueda de los best sellers, tal como la plantean hoy los grandes grupos, es una trampa del mercado. Cualquier editor hace sus libros pensando que deben ser un éxito entre su público. Y muchos lo son o no, sin razones lógicas. Lo que hace un catálogo sólido no son los best sellers sino los long sellers, el fondo vivo. Exactamente todo lo contrario de lo que el mercado actual propone, libros con vida corta, políticas de marketing y comerciales diciendo cómo y qué editar: editores transformados en controladores de cronogramas.

Cuando los niños son el público de un proyecto editorial hay variables que inevitablemente se cuelan en el oficio. Ya no se trata solo de hacer libros: con esta actividad vienen otras, como la promoción de lectura, la educación e, incluso, la formación de mejores ciudadanos. ¿Estás de acuerdo? ¿Crees que la edición de libros para niños y jóvenes deba ser una actividad “comprometida” con causas políticas y/o educativas?

–Si analizamos el mercado, vemos que sucede exactamente lo contrario: se hacen libros y más libros en su enorme mayoría sin ningún compromiso ni con la educación ni mucho menos con el futuro de los niños o de la humanidad. Sin embargo, yo creo que cada vez que decides hacer un nuevo libro, algunas preguntas inevitables se te ponen: ¿para qué? ¿Por qué? Los editores son los responsables  de lo que está a la mano. Dependiendo de lo que editemos, podemos aproximar o alejar los lectores de hoy de la lectura de mañana. No veo cómo pueda dejar de ser una actividad comprometida.

En tu trabajo se evidencia un interés por la promoción de espacios para la crítica literaria. ¿Cómo puede la crítica alimentar la producción editorial y encender luces que guíen a autores, ilustradores y editores, sin dejar de ser exigente y rigurosa?

–La crítica literaria solo tiene sentido si es exigente y rigurosa. Y creo que en nuestra área falta crítica responsable por crear criterios y ofrecer un aparato crítico de evaluación de lo que el mercado ofrece. Sin esto, me parece muy difícil pensar en la formación de los promotores de lectura, por ejemplo, en los profesores que seleccionan libros para las escuelas y que son, al final, los mayores responsables por las ventas y por la continuidad de la edición de determinados libros de carácter instrumental. La crítica también puede alimentar la producción editorial apuntando tendencias, innovaciones, nuevos caminos, para todos los que están involucrados en el mundo de la edición.

Tomemos el ejemplo de la Revista Emília, un proyecto en el que tú participas activamente: se trata de un medio de comunicación en el que se plantean reflexiones sobre promoción de lectura y literatura infantil…

Emília nace de una acción entre amigos preocupados con la edición de calidad, la formación de lectores y la falta de un canal de reflexión y un espacio de intercambio de experiencias y pensamientos. Y con vocación de ser un palco y un puente entre los diferentes países de América Latina. Creo que no es por casualidad que surge exactamente en este momento tan fértil de la producción y de la promoción de la lectura en nuestros países. Es una necesidad que podemos medir por la aceptación que  viene teniendo desde que la colgamos por primera vez en Internet.

Cortesía El Librero

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